Artista / Educador

Artista

Educador

Carmelo Fontánez, en 2021, frente a su pintura "Paisaje alegre".

Carmelo Fontánez, en 2020, frente a su dibujo "Derrumbe 2".

Carmelo, su nieta y sus hijos. 2017. Museo de Arte de Bayamón, PR.

Educador

María Emilia Somoza, Carmelo Fontánez, Noemí Ruiz. 2013.

Colega solidario. Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico. 2011.

Carmelo en su taller. 2011.

Reseña en la revista ARQ.I.TEC. 2009.

Carmelo Fontánez. 2005.

Reseña sobre la exposición "Naturaleza en fuga". 2002.

Caricatura de Carmelo Fontánez, por Carmelo Sobrino. 1994.

Carmelo Fontánez en su taller. 1991.

Carmelo Fontánez. 1991.

Carmelo Fontánez. 1989.

Carmelo Fontánez. 1974.

Carmelo Fontánez. 1974.

Exposición de obras de Estudiantes de Arte del profesor Carmelo Fontánez. Escuela Gabriela Mistral. 1970.

Raúl Zayas, Ilka Esteva, Carmelo Fontánez. 1968.

Premiación IBEC. Carmelo Fontánez gana 1er Premio-Acuarela y 1er Premio-Dibujo. 1968.

Carmelo Fontánez. 1968.

Carmelo Fontánez Cortijo nació en Río Piedras, San Juan, Puerto Rico en 1945. En 1967 obtuvo Bachillerato en Educación con Especialidad en Artes Plásticas, en la Universidad de Puerto Rico. En 1971 terminó la Maestría en Educación en Artes, en la Universidad de Nueva York (NYU). En 1974 cursó estudios en Historia de Arte Italiano, en la Universidad Para Extranjeros, en Perugia, Italia.

Se ha destacado como acuarelista, dibujante y pintor. Ocasionalmente ha hecho incursiones en la gráfica y la escultura. Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas en museos, galerías, instituciones universitarias y centros culturales. Su obra pictórica, cuya trayectoria se inicia a finales de la década del ’60, ha sido galardonada en diversos certámenes de arte, auspiciados por el Ateneo Puertorriqueño, la Universidad de Puerto Rico, la Revista Sin Nombre, instituciones bancarias y corporaciones privadas. También ha sido premiado, en más de una ocasión, por el Capítulo de Puerto Rico de la Asociación Internacional de Críticos de Arte. Su obra forma parte de importantes colecciones, tanto públicas como privadas, entre las que cabe mencionar: Museo de Arte de Puerto Rico, Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico, Museo de Arte de Bayamón, Museo de Arte de Mayagüez, Instituto de Cultura Puertorriqueña, Ateneo Puertorriqueño, Cooperativa de Seguros Múltiples de Puerto Rico, Compañía de Turismo de Puerto Rico, Banco Popular, entre otras.

En la docencia, se ha desempeñado como profesor de Humanidades, Historia, Teoría, Crítica de Arte, Dibujo y Pintura, en los Recintos de Mayagüez y Bayamón de la Universidad de Puerto Rico. Además, ha dictado cursos de Arte en la Universidad Interamericana en San Germán y San Juan, Escuela de Artes Plásticas, Liga de Arte de San Juan, Museo de Arte de Puerto Rico y Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico. De acuerdo con algunos críticos de arte, la aportación de Carmelo Fontánez a las artes puertorriqueñas ha sido el liberar la acuarela de los estereotipos a que había sido sometida como medio artístico, rescatar la autonomía del dibujo, y el tratamiento del paisaje como modo de reafirmación nacional y caribeña. Su obra es una propuesta ecológica de las más genuinas e interesantes, pues no está sujeta a lo banal y superfluo.

Fernando Cross

FONTÁNEZ: UN ARTE SELECTO
Por Ernesto Álvarez

La generación de 1960 —si se le puede dar carácter generacional— produjo una serie de pintores que abrieron caminos seguros a la expresión artística puertorriqueña. Es la década en que el cuadro explota por sus bordes; se vuelve, en algunos casos, a la bidimensionalidad real del plano en el lienzo; se configuran las canvas; se empastan las superficies de los paneles llevando el aspecto textural a calidades táctiles; los materiales cobran vida por sí mismos; en fin: la pintura deja de ser una lectura simple de mímesis y se libera —y a la vez subsiste junto a ella— de la obra de mensaje.

Entre los artistas de más original y personal expresión se destaca Carmelo Fontánez. Sin alardes, pero con una amplia conciencia de creación y de estilo, se arma de los esenciales elementos de la acuarela. Para entonces este medio era sinónimo en nuestro ambiente, de Sureda, artista que a la sazón pintaba escenas sanjuaneras, paisajes rurales y pintorescos ejemplos del folklore isleño; su técnica era impecable.

Llega entonces Fontánez e irrumpe con unos paisajes «irreales». Lo evasivo-pictórico se aposenta sobre el papel corrugado Strasmore o Fabriano. Los planos son definidos de modo que funde los convencionalismos de la composición y una primaria concepción de espacios como fundamentos a una obra tranquilamente agresiva. Tras la pasividad y la tranquilidad de sus escenas, a veces acuáticas y a veces espaciales, hay una intensa revolución en el sentido de la composición diagramática y disposición de… ¿objetos? Un vacío «corpóreo» que toma vida dice «presente». Plano y simple, atrae para que así se le contemple y deje sentado, en definitiva, que los cuadros no hay que llenarlos de «decoración», sino que a los planos y a los espacios se les puede permitir «ser».

Con tal visión de mundo, con tal «estética», Fontánez asume una posición de alta vigilancia hacia un arte de cualidades inusitadas en ese entonces. Mientras otros artistas con mayor acceso a los medios de comunicación vociferaban su labor, dependiente en el mayor de los casos de los giros que ofrecían las revistas propagandísticas de los «último» en el arte, Fontánez trabajaba hacia sí mismo. Conocía, naturalmente, lo que se hacía aquí y en el extranjero, pero su arte no dependió en momento alguno de las modas. Sabedor de que «se hace camino al andar», liberó su «consciente» a la par que su «inconsciente» para apresar en color, formas, planos y líneas, un universo inconfundible, suyo, de calidades frescas por lo nuevas.

Abridor de caminos, liberó la acuarela de la «anécdota» y la «mímesis» convencionales. Con el dibujo hizo otro tanto. Digno representante de esa generación del ’60 que cambió el curso de las artes, aportó una visión extrañamente atractiva en unos medios que a ese momento, sólo Julio Rosado del Valle —y otro compañero generacional, Jaime Romano— habían incursionado. Rosado del Valle aportó carbones no figurativos que a veces colindaban con formas vegetales —digamos pastizales— y unas figuraciones de fragmentos óseos evadidos de la realidad y esfumados en luces por intervenciones de goma de limpiar. Romano, muy joven aún, atraído por las formas vegetales, había producido hacia el ’67 ó ’68 unos «Ramajes» en los cuales el carbón impregnaba la superficie del papel con sus calidades intrínsecas, siendo a la par casi representación y calidad textural indefinible, divorciada ésta, si se quiere, de la figuración.

Cierto que para entonces Fontánez prefirió la tinta. Acuarelista, como era esencialmente, el negro de la «Pelikan» aceptó diluirse en grises aguadas de innumerables tonos y el fluir insinuoso del pincel o la esponja, a diferencia de la línea a la pluma o del trazado a brocha. Podríamos insinuar que se trataba de una especie de «acuarelas a tinta». Esta vez conquistó el espacio, pero no ya el del plano blanco del papel, que ya había sido capitalizado, sino un sentido espacial aéreo, sideral, si es posible, creando ambientes deseables para las espaciales ambientaciones de un «science fiction». Incalculable la producción de entonces.

Nueva incursión en la acuarela, siempre forzando el espacio a avenirse a sus caprichos y demandas creativas. Aborda el lienzo y el acrílico para obligarlos a aceptar sus vacíos elocuentes de plana presencia y «toques» de una insinuante coquetería con los que hace asomar la idea de paisaje, pero una idea de paisaje íntimo, personal y libre que nos hace recordar, luego de haber visto el lugar de residencia del artista, aquellas palabras de Michel Suffor: «hay en nuestra interioridad demasiada naturaleza para querer abolirla conscientemente». Los paisajes de Fontánez responden —en lo emotivo e inspiracional— a esa acción de su experiencia, consciente y osmótica, al contacto con la naturaleza. Pero responde, además, a una intensa insatisfacción de los modos convencionales de expresión pictórica además de obligar a los medios a avenirse a unas demandas en las que el artista es intransigente.

Ensayo de Ernesto Álvarez para el catálogo de la exposición, APUNTES PARA UN PAISAJE. 1983. Galería de Arte, Universidad Interamericana de Puerto Rico – Recinto Metropolitano

Fontánez es mejor conocido por sus dibujos y pinturas abstractas de gestos líricos y ecos expresionistas en los que aborda el tema del paisaje. Inicia su carrera durante la década de los sesenta en la Universidad de Puerto Rico, en donde forma parte del Grupo Forma Universitaria. En esta etapa temprana, crea dibujos naturalistas y abstracciones con tinta. Más adelante, trabaja acuarelas inspiradas en los paisajes de la isla. En la acuarela encuentra el medio perfecto para expresar rapidez, inmediatez y fluidez en sus composiciones. Además, le permite explorar los efectos de la luz y el espacio a través de las transparencias, recurso que será constante en su obra. Sus acuarelas le ganaron la admiración de muchos, llegando a ser considerado como uno de los mejores acuarelistas de la historia del arte puertorriqueño.

Pero como todo buen artista, Fontánez no estaba dispuesto a ser etiquetado como acuarelista únicamente. Su prioridad era explorar e indagar nuevos conceptos, vocabularios, formatos y técnicas a través de su arte. En 1975, sorprendió al público con una exhibición de pinturas en acrílico en la Galería Santiago del Viejo San Juan. En dicha muestra toma nuevamente al paisaje como punto de partida para crear sus composiciones abstractas.

A finales de la década del setenta, el artista materializa sus nociones sobre pintura y el paisaje de la isla a través de la creación de cajas de madera y placas de plexiglás. El principio de estas primeras cajas era similar al de las piezas recientes: construir un objeto cuya composición pudiera ser transformada de acuerdo a la intervención del espectador. En aquella ocasión rellenó las cajas con materiales como arena, sal, aserrín coloreado, canutillos, lentejuelas, ‘rinestones’ y materiales plásticos.

En 1979, Fontánez exhibió sus cajas en la Universidad Interamericana en San Germán.

Durante las próximas tres décadas, encaminó sus esfuerzos hacia el desarrollo de su lenguaje expresivo a través de la pintura y el dibujo. A lo largo de todos estos años, Fontánez guardó celosamente las enseñanzas derivadas de sus experiencias con las cajas, hasta que en 2004 decidió incorporarlas nuevamente a su discurso plástico. Podemos apreciar el resultado de esta empresa en Partículas, una muestra de altura -sin grandes pretensiones- cuyas obras demuestran un elevado nivel de rigor y exigencia por parte del artista.

Elaine Delgado Figueroa
Estracto de la reseña a la exposición PARTÍCULAS
2005

A Fontánez le sobra lo que a muchos pintores mayores o menores que él les falta, capacidad para la autodisciplina y el auto control, porque pintar nunca ha sido una experiencia autocomplaciente, sino una actividad llena de esfuerzo, con un constante sentido de vocación y reto. Hay también en su pintura un doble nivel de significación, donde lo referencial se mezcla con lo autorreferencial creando un espacio ambiguo y cambiante, en el que la imagen es forma abstracta, pero igualmente referencia a fragmentos del paisaje y la flora puertorriqueña.

Fernando Cross
1992

Carmelo nos ha dado en su pintura y sus dibujos ese profundo amor por la naturaleza y esa conciencia ecológica que lo anima. Nos ha regalado la fúlgida entraña del paisaje, el interior desgarrado de los colores, como un chamán azteca que extrajera del paisaje el corazón que lo anima y ahora nos lo devuelve en estas formas palpitantes en estas abstracciones tan parlantes.

Jan Martínez
2003
Estracto del ensayo para el catálogo de la exposición, POEMAS.

Marta Mabel Pérez entrevista a Carmelo Fontánez.