Dibujo: Apuntes para un paisaje

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FONTÁNEZ: LA EROSIÓN Y LO ERÓTICO

Por Ernesto Álvarez

La trayectoria artística de Fontánez puede ser identificada por el uso continuo de los materiales selectos. Desde los principios mismos de su incursión en el arte podría ser identificado con la acuarela. Le suceden de inmediato sus obras a tinta y aguada con énfasis en lo textural. Otra vez la acuarela, con un nuevo sentido de espacio. Tras sus pinturas al acrílico, homenaje al paisaje, en forma «abstracta», Fontánez se enfrenta a las calidades del lápiz a carbón en sus diversas intensidades de gris.

Esta vez «dibuja». Pero dibuja de una manera muy particular. El sondeo del artista no aborda —como nunca lo ha hecho— en figuras a ser distorsionadas o estilizadas para lograr efectos visuales impactantes, en lo que estriba el éxito de muchos reconocidos ejecutantes del arte. Invade, por el contrario, la superficie del papel con una riquísima atmósfera de misterio que el artista-escritor Jaime Carrero llegó a interpretar como suprarrealismo.

No hay nada, sin embargo, en la obra de Fontánez que lo pueda ubicar en «escuela» o «movimiento». Si algo hay de original en esta producción es esa dimensión de artista «solo» que va gestándose a fuerza de búsqueda y encuentro con sigo mismo. Pudiera, en alguna rara ocasión, entrar en coincidencia con algún otro artista. Me explico. El carbón tiene en sí sus propias cualidades. Estas pueden igualmente concurrir a los carbones de Julio Rosado del Valle como a los de Fontánez. Incluso unas sugerencias vegetales podrían emparentarse. Aún así, jamás la sensación de «matojos» de Rosado del Valle alcanza la dimensión «simbólica» con la que dota Fontánez sus trabajos.

¡Y nos hayamos frente al maestro que ha dirigido su arte hacia una tendencia erótica incuestionable! Rosado fue a la escena mimética, aunque a su manera, del erotismo. Fontánez va hacia la selección del detalle —objeto íntimo— y a la «puesta en escena», en forma, no de realidad abstraída, sino en el término mismo de la imprecisión precisa. Lograr captar el punto frontera entre abstracción y realidad, entre «representación» y «presentación», entre paisaje idílico y reflejo, entre tronco vegetal y falo, entre la accidental grieta en una corteza vegetal o en una rocosa superficie y un área púbica; en todo esto es Fontánez maestro.

Las artes modernas, las letras modernas, el cine, la fotografía, etc., han incorporado este elemento de ambivalencia creativa. Algunos, los que carecen del talento necesario para bregar con esto, rayan en la pornografía. Aquellos que tienen genio y auténtica conciencia artística alcanzan joyas dignas del estudio más esforzado.

Con sólo lápices de diversas calidades de grises —sumando la pericia con la que Fontánez oprime, como pulsando o templando al imprimir sus trazos, sus rasgos y hasta su personalidad—, deja flotar el material y se apodera de formas que llegan a concretarse, de evasivos paisajes y de sugerencias intencionadas que integran material, forma y sentido del espacio en una obra de personalidad auténtica e incuestionable.

La serenidad de la personalidad del artista es, sin lugar a dudas, la cualidad de descanso, ascensión o evasión en su «sentido-de-paisaje». En su etapa anterior de obras al carbón —formas rocosas: cañones o desfiladeros, canteras o capas geológicas— una sugestiva sensación de movimiento en caída vertical o un arrastre en sentido diagonal se deja notar en realizaciones que cubren la totalidad del plano en el papel (ver la serie MUROS). En aquel instante —emparentado con sus tintas y sus pinturas anteriores en cuanto a concepto espacial— Fontánez no ha fragmentado el espacio como lo logra ahora.

Sus dibujos actuales saben extraer el mayor provecho a la división de áreas en interesantes instantes de incursión en la línea o en la mancha, en armonioso contraste con lo dejado inexplorado en el blanco del papel. No importa la peculiaridad individual de cada pieza, esto es: si la composición se recoge hacia la mitad izquierda del cuadro, si se mueve la masa gris-negra hacia la derecha, si se suspende de la parte alta del cuadro o si, por el contrario, baja formando base; estas obras alcanzan la alta excelencia que se exige el ejecutante, y una amplia gama de matices más allá de lo que habitualmente han demandado otros artistas a estos materiales.

Dentro de la unidad estilística, la variedad de formas sugerentes —aún siendo las mismas, a veces en marcadas variaciones— se puede tener, sin concederse el más mínimo margen de error, la convicción de que nos hallamos ante una obra enriquecedora de las mayores exigencias del buen gusto y de una conciencia estética e intelectual como pocas hay en nuestro ambiente artístico.

Ernesto Álvarez
Ensayo del catálogo de la exposición, APUNTES PARA UN PAISAJE. 1983. Galería de Arte, Universidad Interamericana de PR – Recinto Metropolitano

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